Enrique Palacios Q.

Licenciado en Historia de la Universidad de Chile, Magíster en Historia Europea Universidad de Chile, Diplomado en Estudios Políticos Contemporáneos Universidad de Chile y Magister © en Educació

Conflicto en Libia: orígenes e implicancias

                                                                                               Enrique Palacios Q

 

            El 27 de junio fue la fecha original establecida por O.T.A.N. para poner fin a las operaciones militares desarrolladas en Libia, sin embargo, el alto mando de la coalición decidió prolongar por tres meses más la intervención, justificando esta acción en la necesidad –aún existente- de cumplir con el mandato de las Naciones Unidas y enviar una señal potente al pueblo libio del hecho que los aliados y la comunidad internacional en su conjunto están con ellos, luchando por su libertad.

 

            Sin embargo, más allá de esta declaración de principios hay una serie de interrogantes que surgen frente a este conflicto olvidado, al igual que otros tantos, barridos por la cotidianeidad inmisericorde de los noticiarios que inundan con sus mensajes la escasa conciencia que logra subsistir en no poca parte de la población.

 

            Las intervención militar ya cumplirá en curso cuatro meses, en los cuales el conflicto lejos de disminuir ha tendido a la intensificación. El mensaje de solidaridad de O.T.A.N. al pueblo libio ha tenido un costo de 718 civiles muertos a la fecha y 4067 heridos, sin contar la destrucción de la infraestructura y las nefastas consecuencias socioeconómicas que ello conllevará a la población, de por sí ya en precarias condiciones.

 

            Por estos días, mientras los helicópteros Apache sobrevuelan Trípoli con más intensidad que antes, la vida intenta transcurrir en medio de la ciudad. Es cierto, Tripoli conoce de la violencia desde sus orígenes fenicios hasta su momento de esplendor bajo la hegemonía romana: la capital de la provincia africana fue objeto de saqueos por parte de los vándalos, bizantinos, árabes, españoles, turcos, bereberes e italianos y la anhelada libertad no llegó sino hasta 1951, año de la independencia de Libia tras la Segunda Guerra Mundial. Ahora, son las potencias occidentales las que continúan la expoliación tanto de recursos como de la dignidad del pueblo Libio.

 

            La independencia del país fue un hecho relevante, pues Libia se transformó en la primera colonia africana en conseguir su independencia, al establecerse en el poder el Rey Idris y cumplir el anhelo de las Naciones Unidas de alejar de la influencia soviética la región.

 

            Ahora bien, este país, el que hasta hace un par de meses ostentaba la mayor esperanza de vida del África continental con casi 78 años, y el PIB nominal y el Índice de Desarrollo Humano más altos del continente, experimenta un giro radical en el marco de la Guerra Fría.

 

            En 1969 el coronel Muammar al-Gadaffi dirigió un golpe de estado que derrocó a la monarquía e instituyó un régimen de inspiración socialista, pero con caracteres particulares: la Yamahiriyya o “Estado de las Masas” del que el coronel Libio asumió la dirección sin detentar oficialmente ningún cargo en particular, excepto la prerogativa de ser el “líder o guía de la revolución”. Esta concepción sui generis del socialismo, diferente del soviético, asumió como característica principal el establecimiento de un sistema en donde el poder era ejercido en la teoría por el pueblo mediante la participación directa en asambleas. De hecho, la concepción política que sustenta la Yamahiriyya es la denominada Tercera Teoría Universal descrita en el Libro Verde escrito por Gadaffi a comienzos de los 70, como una forma de delimitar su autonomía ideológica.

 

            La Tercera Teoría cimenta las bases del denominado socialismo islámico, un constructo anticapitalista, nacionalista árabe y democrático-popular matizado con una fuerte hegemonía del líder carismático. En ella fluyen elementos coránicos que dan el sustento filosófico y otorgan atemporalidad al modelo, pues no este no está sujeto a la coyuntura político social de un período particular sino que establece a la religión y la costumbre como pilares fundamentales del régimen. Sin embargo, en aquellos aspectos en los que –por la evolución natural de las sociedades- se hace necesario definir elementos que no están especificados en el Corán, un sistema de asambleas populares asume el rol resolutorio.

 

            La particularidad del modelo permite la coexistencia de las empresas particulares en manos de las familias y deja el gran aparato productivo en manos del Estado. Sin embargo, apunta a la consecución de un régimen en el que se aspira a la abolición del trabajo asalariado y se persigue colectivizar las riquezas.

 

            En síntesis, la Tercera Teoría Universal busca hacer coexistir un modelo de sociedad tradicional con un fuerte sentido de justicia social, con un poder centralizado y fuerte, nacionalista y socialista, con existencias capitalistas a ser superadas, laico desde el punto de vista religioso pero respetuoso de la tradición, autocrático en la práctica pero permitiendo a su vez la existencia de un régimen de representación popular mediante la democracia directa.

 

            En el plano internacional el experimento libio tuvo un impacto relativo, sin embargo, la posición panárabe y un discurso próximo al fundamentalismo islámico llevó a Gadaffi a intentar unificar a Libia con aquellos estados ideológicamente cercanos como Egipto, Sudán, Siria e Irak para formar una Federación de Repúblicas Árabes, a la vez que intentó una unificación con Túnez, Argelia, Marruecos y Chad, encarnando o intentando encarnar el espacio de poder dejado por Nehru, Nasser o Tito tras el fracaso del Movimiento de Países No Alineados, oscilando entre el panarabismo, el anticomunismo, una posición pro-soviética, un rol pacifista en la región o un liderazgo belicista.

 

            El “perro loco de Oriente Medio” cómo le llamó Reagan, se transformó de esta forma en un personaje demasiado relevante en el convulso período final de la Guerra Fría. Paralelamente, el control que logró tras la anexión de la Franja de Aouzou a expensas de Chad y que le entregó la posesión de algunos yacimientos de uranio terminó por definir el curso de la relación entre Libia y la superpotencia. En este instante, la historia se vuelve tremendamente actual: acusado de financiar y patrocinar organizaciones y actos terroristas, el coronel libio se volvió blanco estratégico para los E.E.U.U. y en este contexto en 1986 Reagan ordenó bombardear Trípoli con el claro objetivo de eliminarlo. La muerte de Jana, su hija adoptiva (en forma póstuma según algunos) en uno de estos ataques, justificó una radicalización de su postura antinorteamericana. De ahí en adelante las acusaciones de fomentar el terrorismo antiestadounidense y los intentos de asesinato en su contra se sucedieron invariablemente.

 

 

 

 

 

El conflicto actual

 

            La gran oleada democratizadora desarrollada en el mundo árabe desde comienzos del 2011 sería el catalizador para que aquellos sectores descontentos con el régimen iniciaran una serie de manifestaciones. Sin embargo, la división de la población en torno a la situación política del país, a diferencia de otras naciones árabes, dio al proceso el carácter de guerra civil. Ahora bien, aunque intenten mostrarnos que el caso libio es uno más en la lista de países árabes que están experimentando este proceso, es muy diferente.

 

            La formación de Comités Populares que controlaban las ciudades de Tobruk, Al Bayda, Bengasi, Misurata y Nalut entre otras, impuso un cerco estratégico a la capital Trípoli, leal al régimen, lo que inició la violencia interna. Naciones Unidas y organismos humanitarios estimaron en cerca de dos mil los civiles muertos por el gobierno, en 1500 los desaparecidos y en casi cuatro mil los heridos. Esta catástrofe humanitaria habría motivado la dictación de la resolución 1970 del Consejo de Seguridad de la O.N.U., que solicitó la creación de una comisión internacional que investigara las supuestas represiones llevadas a cabo por el régimen libio.

 

            Posteriormente, el 17 de marzo de 2011 la misma instancia supranacional dictó la resolución 1973, estableciendo una zona de exclusión aérea que fue aceptada por el régimen libio, pero que fue rota dos días después en medio de acusaciones cruzadas: por una parte Libia argumentaría que aviones franceses atacaron bases militares rompiendo el alto al fuego decretado y por otra, la coalición internacional acusaría del incumplimiento al líder libio.

 

            De ahí en adelante el conflicto ha continuado con inusual violencia y no se ve en el corto plazo una solución, a pesar de los reveses que han sufrido las fuerzas de la coalición al no poder derrotar un enemigo visiblemente debilitado por las divisiones internas que enfrenta un régimen que se ha perpetuado en el poder (Libia es un país compuesto por cerca de 140 tribus, muchas de ellas permanentemente en conflicto entre sí) y en especial por el alto costo político que ha significado para el presidente Obama -paradójicamente Nobel de la Paz el 2010- esta intervención, que ha encontrado una fuerte oposición en el Congreso estadounidense.

 

            Sin ir más lejos, esta corporación ha pedido a Obama que especifique "los objetivos políticos y militares con respecto a Libia", "los compromisos específicos de Estados Unidos con las continuas actividades de la O.T.A.N. con respecto a Libia" y que explique por qué no pidió la autorización del Congreso para realizar esas acciones militares, lo que se considera una violación de la Constitución.”.

 

            Hannah Arendt mencionaba que el primer paso para la banalización del mal constituía la utilización de eufemismos para referirse a él, pues bien, detrás de esta intervención o las “continuas actividades” de O.T.A.N. –llámesele como quiera- en el país africano se ocultan una serie de elementos que hay que considerar.


            La experiencia nos ha indicado que en un acto casi cercano a la radiestesia, el fusil norteamericano anuncia presencia de petróleo, y en este caso no estaríamos equivocados: Libia es el país africano con mayor cantidad de reservas petroleras y el tercer productor continental, lo que equivale al 1.8% del total mundial.

 

            Por otra parte, entre las tribus libias hay una que causa especial preocupación a la nación del norte: los tuaregs, nómades bereberes que transitan permanentemente por el Sahel, una región que posee una fuerte presencia de AlQaeda en el Magreb islámico.

 

            Genocidio, petróleo, terrorismo islámico, dictaduras: la fórmula perfecta para comprender un tipo de intervención al que nos estamos habituando en la última década. Complacientemente podemos alegrarnos de nuestra perspicacia y felicitarnos por comprender las razones ocultas que impelen a la potencia a estas agresiones, sin embargo el tema no se agota ahí.

 

            Tal vez sea cierto que estemos en la antesala de aquella generación de conflictos motivados por el preciado combustible, recordemos que la Agencia Internacional de Energía publicó el año pasado que el cenit de la producción petrolífera se alcanzó el 2006, acercándonos al temido Pico de Hubbert, pero barriles más o barriles menos, es la sangre derramada de tantos inocentes la que debe movernos a la reflexión y a denunciar la inhumanidad de aquellos que luchan por un mundo mejor –es decir, facilitador a sus intereses- , pues como señaló Fidel Castro el pasado mayo, se puede estar o no con Gadaffi, pero lo que es indudable es que el derecho a la autodeterminación y a la existencia misma de un pueblo hoy en día están siendo avasallados.

 

            Podríamos aventurar el final del conflicto, lo hemos visto tantas veces, pero no se conseguirá la paz, esa paz ingenua a la que nos están acostumbrando, esa paz fundada en la idea hipócrita de que se puede construir un mundo mejor violentando personas inocentes.

 

            Valdría la pena tal vez hacerse la pregunta que ha hecho el Congreso de los Estados Unidos a su Presidente para encontrar razones más de fondo a la agresión, ¿con qué se han comprometido al desencadenar este conflicto? ¿Con asegurar sus reservas de crudo? ¿con seguir cercando a AlQaeda?, ¿o con la eliminación de una ideología panárabe que podría dar consistencia política en algún momento al fervor religioso tan temido en la teoría del Choque de las Civilizaciones?.

 

 

 

 

 

El autor es Licenciado en Historia por la Universidad de Chile, Magíster en Historia Europea por la Universidad de Chile, Diplomado en Estudios Políticos Contemporáneos por la Universidad de Chile y Magister © en Educación por la USACH.

(mail: prof.enriquepalacios@gmail.com)

 

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Comentarios: 1
  • #1

    matias toro (miércoles, 12 octubre 2011 21:02)

    hola , tengo 16 años y estoy muy asombrado por como te expresas a través de las letras. Te considero un tipo bastante inteligente o mas bien conocedor no solo de la actualidad, sino del pasado.

    atte.
    matias toro.



    Villa Alemana.

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